TalCual
Teodoro Petkoff
Se comenta, es decir, circula como rumor en los medios tribunalicios, que ya está cocinada una sentencia pesadamente condenatoria contra Forero, Vivas y Simonovis, así como contra los ocho agentes policiales de la PM que los acompañan en prisión desde hace más de cuatro años. Se les acusa de la máxima responsabilidad en los fatales sucesos del 11A. Si el rumor sobre la sentencia tiene o no verosimilitud no es el tema de este editorial. Aunque no lo descartaríamos, sin embargo, dada la conocida y demostrada vocación del oficialismo por la violación de las normas legales, tampoco lo vamos a garantizar. Pero la ocasión es propicia para volver una vez más sobre el tema de la escandalosa violación de todos los derechos humanos de que vienen siendo objeto estos presos políticos.
El juicio al cual han sido sometidos es probablemente el más extenso de
la historia judicial del país. Se ha estirado a lo largo de más de dos
años, durante los cuales, como lo registra el comisario Iván Simonovis
en su carta pública, se han realizado 184 audiencias; han declarado 175
testigos, se han presentado 6 mil fotografías y más de 20 horas de
videos; 44 expertos del Cicpc han revisado 250 experticias. La
conclusión de toda esta ordalía, hasta ahora, es contundente: no es
posible demostrar ninguna relación de causalidad entre los sucesos del
11A y los acusados. Todos los recursos intentados por la defensa para
que los reos obtengan los beneficios de ley han sido negados, llegando
el colmo del ensañamiento a su exclusión, completamente
inconstitucional y discriminatoria, de la Ley de Amnistía dictada en
diciembre pasado.
Por supuesto que ésta no es una discusión jurídica, es un asunto
político. Los presos no están en la cárcel por alguna responsabilidad
concreta sino porque son los chivos expiatorios perfectos de aquellos
hechos. Amnistiados casi todos los imputados por los hechos del 11A (la
inmensa mayoría de los cuales no podía ser acusada de nada, salvo de
haber asistido al aquelarre de Miraflores), quedan estos once presos
políticos como símbolo de la venganza, que no de la justicia. No hay
otra razón para que estén privados de la libertad que no sea la de
mantener viva la "verdad oficial" de la historia de que ese día,
contrariamente a lo que todos los hechos conocidos evidencian, los
disparos y las muertes tuvieron un único origen: el pueblo que
manifestaba. La tradición venezolana, desde el siglo XIX hasta 1998,
con las excepciones de Castro, Gómez y Pérez Jiménez, está marcada por
la generosidad de los vencedores hacia los vencidos. La gente de este
Gobierno no tiene esa grandeza de alma.
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