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jueves, 28 de febrero de 2008 |
Antonio Sánchez García
El dueño del circo ha caído en desgracia: le crecen los enanos. Y para mayor INRI sus efemérides comienzan a pasarle una pesada factura. Este 4 de febrero, cuando hubiera querido que el mundo celebrara su avieso golpe de Estado como una reedición criolla del 17 de Octubre o del 26 de Julio – la toma del Palacio de Invierno que dio inicio a la revolución rusa y el fallido asalto al Cuartel Moncada que inauguró la saga castrista - el mundo entero se movilizó en una cruzada planetaria contra sus socios de las narcoguerrillas colombianas. Y este 27 de febrero, cuando hubiera deseado celebrar en gloria y majestad un aniversario más del motín vandálico y sangriento de 1989, sus enanos le roban el show protagonizando el funambulesco asalto al Palacio Arzobispal. Razón tenía Marx cuando señalaba que la historia suele repetir los grandes fastos, pero en microscópica versión cómica.
La revolución se deshilacha. Y su caudillo pierde día a día y de manera
creciente la capacidad de enrumbar los acontecimientos y sus actores
según sus propias y personales conveniencias. Atrapado y sin salida
desde el 2 de diciembre, cuando el pueblo venezolano le pusiera un
frenazo a sus proyectos totalitarios, ha tratado de recomponer el
escenario de sus imaginarios combates recomponiendo a sus huestes y
moderando su discurso tanto como le es posible. He aquí los resultados:
una banda de facinerosos patéticos, gritones y desnortados bajo la
dirección de una señora histérica y bufonesca le jalan del mantel y le
rompen la cristalería cuidadosamente preparada como para ponerle un
glorioso punto final a su aventura de la Gran Colombia. Mayor
estropicio, imposible.
Como bien señala la experiencia, sus intentos por reparar y desmentir
lo que ha urdido con sus propios telares termina hundiéndolo aún más en
la red de sus insuperables contradicciones. Echar sobre Luis Tascón la
duda acerca de sus auténticos propósitos y sobre Lina Ron la sospecha
de estar infiltrada por la CIA no servirá más que para ahondar las
diferencias que corroen la unidad interna del chavismo, trazando una
fractura irreparable entre "revolucionarios" y "reformistas". Que viene
a sobreponerse a la que lo atraviesa de punta a punta: la diferencia
irreductible entre la "derecha endógena" y "la izquierda bolivariana".
Súmese la más profunda de ellas - la que separa a demócratas de
totalitarios - y se tendrá el cuadro de sismo que sacude las
profundidades del bloque dominante.
Se equivoca de manera garrafal y estúpida: el enemigo de Hugo Chávez no
es el Imperio ni la CIA, Globovisión o Radio Caracas, El Nacional o El
Universal, Fedecámaras o la Iglesia. Ni siquiera los círculos
bolivarianos, Lina Ron o Luis Tascón, engendros todos de su
calenturiento proyecto bolivariano. Es él mismo, es su asombrosa
incapacidad de gobierno, su inoperancia y su carencia de sentido de la
honradez, del honor o del Estado. Es él quien ha sembrado los vientos.
Comienza a cosechar las tempestades. Corrupción desatada, inseguridad
galopante, desabastecimiento, carestía y desaparición de la moralidad
pública.
De los polvos del 27 de febrero del 89 y del 4 de febrero del 92 están
saliendo estos lodos. Puede que sean los que terminen por enterrarlo en
el fango. Se lo habrá buscado él solito."
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